Este fin de semana lo hemos pasado con unos amigos en el campo. Estuvimos una pareja con su hijo de 19 meses, otra pareja de amigos y nosotros tres. Con los papás del nene, aunque no gozamos de una estrecha confianza, nos vemos de vez en cuando. Nuestra manera de criar a nuestr@s hij@s es bastante distinta, y es que ella y yo siempre hemos sido muy diferentes. Eso no quita que no podamos pasar un buen rato todos juntos y que a pesar de nuestras diferencias nos tratemos con respeto. No voy a enumerar aquí las cosas que hacemos distintas, ellos con su hijo y nosotros con nuestra hija, primero porque no viene al caso, y segundo porque, como siempre digo, lo que vale para una familia no tiene por qué valer para otra. Pero en este último encuentro, quizás porque hemos pasado más tiempo juntos, he visto alguna cosa que no me ha gustado ni un pelo, y no sólo eso, sino que me ha hecho sentir mal incluso conmigo misma.
Antes de ir al grano quiero poneros un poco en situación con respecto a mi opinión sobre el famoso “cachete a tiempo”. Muy a mi pesar tengo que confesar que yo estaba a favor. Siempre fue así, pues así fue como me crié. Pero tampoco quiero tocar ese tema ahora. No sabría decir bien a ciencia cierta cuando me cambió el chip, imagino que ya en el embarazo algo de mí iba cambiando poco a poco. Pero en el momento que tuve a mi hija en brazos fue como si un gran conocimiento intuitivo me quitase muchas vendas de los ojos al mismo tiempo que dejaba aflorar a mi verdadero instinto. Gran parte de mi vida he aceptado ese maltrato físico hacia l@s niñ@s. Y digo maltrato porque un cachete, un bofetón, una colleja, etc. es pegar. ¿Consintiríamos nosotras ese tipo de actitud por parte de nuestras parejas, por poner un ejemplo? Porque hasta no hace tanto estaba permitido socialmente pegar a las mujeres. Hoy en día nadie ve normal que se le pegue a una mujer (ni a un hombre, dejémoslo bien claro), excepto los maltratadores. Pegar a un/a niñ@ es también desde hace unos años ilegal. Aunque parece que todavía nos queda mucho camino, pues en el ámbito doméstico sigue viéndose como algo normal el cachete y otros tipos de violencia “blanda” (por llamarla de alguna manera). Pero ya no se trata de que sea ilegal sino de que es inmoral y atenta contra la integridad del menor, se le falta al respeto porque el adulto se cree su dueño y señor: “Yo a mi hijo lo educo como quiero”. Pegar no es educar. ¿Acaso los derechos humanos y el respeto que todos creemos merecer no son extensibles a l@s niñ@s? Pegar es transmitir que quien se supone que más le quiere y le cuida le hace daño, porque no quiere, no se plantea o no sabe hacerlo de otra manera. Pegar es trasmitir que las cosas se consiguen por la fuerza. Sigue existiendo mucha tolerancia hacia la violencia contra l@s niñ@s y no veo que se haga ningún tipo de campaña para concienciar a quienes todavía piensan que no pasa nada por dar una “palmadita” a un/a niñ@. Por otro lado, lo que siempre tuve claro, es que el humillar, descalificar, amenazar o bularse es maltrato psicológico, a veces con mayores secuelas incluso que el “cachete”.
Tras este inciso quiero relataros, aunque ya os lo podéis imaginar, la situación que vivimos junto a estos amigos. Ya había observado que en ocasiones le daban un cachete en la mano, cosa que no me parecía bien, pero ante la que sentía que no podía hacer nada ya que ellos son sus padres. Como es normal, cuando este bebé de 19 meses y Minerva interactuaban, pues no siempre hacían muchas migas y se peleaban por algún juguete o cosas por el estilo. Aunque también diré que se estuvieron dando sus abrazos y dejándose juguetes. Una de las veces el nene le dio a Minerva en la cara, y aunque mi pitufa se quejó un poco, como rápidamente la cogí se le pasó en un momento. Pero los padres del niño le respondieron con un cachete en la manita, así que el pobre comenzó a llorar a moco tendido, con la babilla colgado y solo en mitad de todos nosotros. Mi amiga (la que no tiene hijos) fue a decirle algo pero la madre se lo impidió diciéndola que le dejase, que tenía que aprender. ¿¿?? Entre otras cosas, a esa edad no entiende nada de lo que le estaba pasando. Minerva entonces, al verle, empezó a llorar. Y yo rápidamente fui hacia ella, me agaché en el suelo y la abracé, intentando así también compensar la angustia del otro nene y aguantándome las lágrimas por la soledad, el desconsuelo y el desconcierto que debía sentir aquel niño en medio de tanta gente sin ser atendido ni consolado.
De vuelta a casa, en el coche, volví a revivirlo todo y caí en la cuenta de que a pesar de parecerme mal que le pegasen, me parecía aún mas desconsolador verle ahí llorando sin que nadie le diese muestras de cariño, consuelo o simplemente presencia. ¿Debía haber hecho oídos sordos a su madre y haberle consolado? ¿Debía haberles dicho a estos padres que no deben faltar al respeto a su hijo pegándole o abandonándole de esa forma? Recordé entonces cuando asistimos a la conferencia que dio Yolanda González “La Empatía y la Autorregulación en la primera infancia”, y decía que ella era siempre partidaria de intervenir, porque en caso contrario el menor siempre tendría las de perder, pues está en situación de inferioridad e indefensión. Me sentí mal (peor se sintió él), y tomé la determinación de que, aunque no me veo capaz de decir a unos padres que no peguen a su hij@ cuando se trata de un cachete (depende de qué padres sean), lo que no voy a volver a hacer es dejar de consolar a quien lo necesita.

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