Hoy es Mónica quien va a contar su historia. Le agradezco tanto el hecho de compartirla con todos nosotros, como el que también haya querido compartir y cederme unas preciosas e ilustrativas imágenes. 

El primer parto hospitalario
de Mónica no fue el que ella hubiese deseado. Por eso, durante el embarazo de
su segundo hijo, buscó otra manera de vivir su parto y junto con su marido
decidió dar a luz en casa.

Desde aquí quiero felicitarles por esa intensa y
maravillosa experiencia. 

Desde que nació Rocío tenía claro que si
tenía otro bebe quería tener la experiencia de un parto en casa. Con mi hija busqué
opciones alternativas pero parece que necesitamos del hospital para que todo
vaya bien, y el miedo a que no podamos hacerlo solas nos lo inculcan por todas
partes. Le conté a pocas personas que había decidido dar a luz en mi casa, y
fue una experiencia maravillosa.


Jose, mi marido, no compartía esta opción
por el miedo a que algo fallara, pero después de haber vivido el momento tiene
claro que ha sido la mejor decisión y siempre me apoyó.
El día antes del parto sobre las 4 de la
mañana me encontraba ya sola en casa con Rocío. Mi marido se va de madrugada a
trabajar. Estando acostada de lado, de repente empecé a sentir como me corría
un líquido por las piernas, no podía retenerlo, y era gran cantidad, parecía
que no terminaría de caer. Intenté incorporarme para ver qué estaba pasando y
la pérdida era mucho mayor, por lo que me asusté, había roto la bolsa…
Llamé a Jose, que rápido volvió a casa, y
al equipo que me iba a atender en el parto, y me tranquilizaron, podíamos
esperar unas 24 h hasta pensar en acudir al hospital. Creía que si rompías la
bolsa y no te ponías de parto el procedimiento era la inducción. En la mayoría
de los hospitales así es como funciona, así que me alegré de no perder los
nervios y esperar como me dijeron. La bolsa nunca se queda seca. Intenté no
hacer muchos esfuerzos durante el día y beber muchos líquidos mientras
preparaba a Rocío para el acontecimiento, ya que estaría presente. Ella, de 3
añitos y medio, sabía que iba a pasar y qué debía hacer. Llevábamos días
leyendo el cuento “HOLA BEBE” y estaba feliz de que llegara el momento y verle
la carita, no dejó de besarme la tripa en todo el día y hasta se puso el bikini
para poder meterse conmigo en la piscina…
Cuando amaneció si tuve miedo porque no
le sentía, me tocaba buscándole y no reaccionaba, me asusté y culpé si algo le
pasaba por no querer ir al hospital, pero seguí esperando… Anabel, Aytami y
Paca estuvieron pendientes de mí en todo momento y disponibles para cualquier
cosa. Tengo que agradecer a ANCARA S.L.U todo lo que ese momento significó para
mi y mi familia.
A las 11, de la noche después de acostar
a Rocío, empezaron las contracciones. Mi cuerpo, una vez que ya no estaba
pendiente de sus necesidades decidió concentrarse en la preparación al parto.
Al principio parecían insignificantes, pero en pocos minutos pasaron a ser más
intensas y seguidas. En menos de media hora, de tener contracciones cada 15
minutos pasaron a ser cada 2, no tenía tiempo para recuperarme de una cuando ya
comenzaba la intensidad de la siguiente.

Jose se hizo cargo de llenar la piscina
de partos y llamar a la comadrona para que se organizaran ellas y vinieran a mi
casa. Ya había llegado el momento.
Antes de que se llenara la piscina me
ayudó a entrar, eran tan intensas que no podía moverme y ya prefería estar
dentro para poder sentir algo de alivio. Me encontraba cómoda en posición
cuadrúpeda, con la tripa hacia delante dentro del agua. Pero no fue del todo
así, eran demasiado seguidas e intensas para poder relajarme, hablar…hasta me
costaba encontrar el ritmo de respiración, no tenía descanso. Jose me las iba
controlando… Al poco tiempo aparecieron ellas y se mantuvieron atentas pero
respetando mi ritmo, nuestra intimidad… Entre varias contracciones tuve la
sensación de que perdía el conocimiento, me mareaba por no respirar bien. Fue Paca
quien en toda ocasión me hacía encontrar la serenidad, abrazada a mí, respiraba
en mi oído para que yo la siguiera, me cogía de la mano cuando necesitaba ese
apoyo, esa fuerza, me transmitía esa tranquilidad que parecía que perdía a
causa del dolor… Pero fuimos mi marido y yo quienes disfrutamos y vivimos con
gran intensidad todo el proceso. El me ponía música, me acariciaba, masajeaba,
o simplemente me abrazaba diciéndome al oído que ya quedaba poco, que podía hacerlo.
Compartirlo con él significó mucho para mí, para nosotros.
El dolor era tan intenso que sentía que
me quedaba sin fuerzas, pero pensaba en que mi bebe necesitaba de mi ayuda para
poder nacer. Le sentía desde el primer momento empujar, sentía como iba
descendiendo por el canal del parto, como se abría camino y cuando estaba a
punto de asomar su cabecita. Jose decidió verlo desde detrás ya que me sentía
cómoda en la posición inicial. Paca continuó a mi lado, no me di cuenta de que
ya no estaba él, estaba concentrada en mí, en mi bebe…
Ellas hasta el final no intervinieron, dejaron
que mi marido y yo estuviéramos solos. Pasaban a ver como avanzaba todo hasta
que era necesaria su intervención. Respetaron ese momento y nosotros estuvimos
cómodos y nos sentimos respetados siempre.

Ya empezó a asomar su cabecita… Aitor ya
estaba aquí. Fue cuando quería que todo fuera rápido porque creía que me rompía
en dos, quería que su cabecita saliera. Fue todo demasiado intenso y necesitaba
ver que estaba bien. Mi marido le sostuvo la cabecita mientras seguían las
contracciones. ¡Ya está aquí!, me decía, ¡Le tengo! Y sentí que ya quedaba
poco, que aunque fueran muy seguidas e intensas todo estaba bien, pronto podría
cogerle y así fue. En dos contracciones más salieron sus hombros y todo su
cuerpecito.

Que alegría sentí, que sentimiento tan
especial el verle la carita por primera vez, en la tranquilidad de mi casa y
sin presiones. Todo fue al ritmo que él necesitaba y me pedía.

Después de abrazarle y tenerle envuelto en
una toalla, pegadito a mí, me ayudaron a salir y nos fuimos a otra habitación
donde contracciones después alumbré la placenta. Dejaron que el cordón dejara
de latir y Jose lo cortó con mano temblorosa, mientras mi bebe intentaba llegar
al pecho para empezar a mamar. Nos miramos y sentí el mayor amor que se puede
sentir. ¡Ya estás aquí mi niño! Hola mi niño, hola, mi amor…le repetía una y
otra vez. Empezó a mamar muy rápido y tuvimos nuestro tiempo, un tiempo no
marcado por nadie, disfrutando mi marido y yo de esta nueva vida que habíamos
creado, ya estaba aquí. Rocío no se enteró de nada y al día siguiente cuando se
despertó, le escuchó llorar. ¿Qué es eso? me dijo, y la pasé al otro lado de la
cama donde se encontró a su hermanito. No puedo explicar la expresión de su
cara, no dejaba de tocarle y besarle.

Ha sido la mayor experiencia que hemos vivido. Tanto mi marido, como mi niña y
yo la disfrutamos. Mucha gente me dice que estoy loca, pero estoy segura de que
siendo el dolor más intenso que una mujer pueda tener, el poder tenerle en
brazos, estar en mi casa, ser libre en movimientos, estar tranquila, tomar mis
decisiones, tener esa gran intimidad, me hacía sentir mas segura, cómoda y relajada…
Estaba segura de que podría hacerlo y así fue… Quería sentir todas las
sensaciones y acompañarle a nuestro ritmo, único, sin que nadie nos presionara.
Ha sido la mayor experiencia de mi vida, y cada vez que voy a su habitación
siento que ahí fue donde comenzó todo, tres horas intensas que disfrutamos
entre esas cuatro paredes. 

Gracias de corazón Mónica.

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