La última reunión de La Liga de la Leche, a la que asistí el sábado junto con mi madre y la nena, me va a servir como escusa para escribir una entrada que debería haber escrito hace tiempo. El tema era el mismo que el del título de esta entrada. Sabía de qué iba e intenté convencer al papá para que nos acompañase pero a él estas cosas no le interesan mucho, prefiere quedarse en casa limpiando y que luego se lo cuente yo. Igualmente sucede cuando intento que lea algún libro sobre crianza. Como él dice, prefiere ocuparse de la nena y no perder el tiempo con otras cosas. El papá del bebé amamantado parece estar, al principio, relegado, pero no es así. No hay que olvidarse de ellos, porque su función es vital tanto para la mamá como para el bebé. Al bebé porque lo cuida y lo mima. Y a la mamá porque también la cuida y también la mima, además de apoyarla, porque a veces parece olvidarse que el bienestar del bebé está estrechamente relacionado con el bienestar de la madre, que es a la que más necesita y con la que normalmente pasa más tiempo en esos primeros meses. La intención de esta entrada es dar las gracias a mi compañero de ruta y padre de nuestra hija. Quiero que sepa que aunque a veces parezca que no estoy conforme con nada de lo que hace es sólo porque soy muy pesada y le doy muchas vueltas a las cosas, y en ocasiones me agobio mucho. Quiero darle las gracias por el equipo que formamos. Quiero agradecerle todo lo que ha hecho y sigue haciendo para que mi papel como madre me sea mucho más fácil: Estando a mi lado en todo momento durante el parto. Haciéndose cargo él solo de todas las tareas domésticas a la vuelta del hospital, y hasta hace casi bien poco. Trayéndome agua y dándome de comer mientras amamantaba a Minerva (en esas interminables tomas con pezoneras). Manteniendo siempre la calma cuando yo la perdía, cansada, desanimada y llorosa, con las hormonas revolucionadas, y pensando que todo ese mundo me superaba. Levantándose conmigo por la noche cuando le tenía que dar el pecho a Minerva para traerme los paños calientes, el sacaleches, el hielo, y por último de nuevo el sacaleches, cuando tuve la ingurgitación al poco tiempo de llegar a casa y más tiempo del que me hubiera gustado, hasta que el pecho pareció adaptarse. Levantándose las noches (incluso cuando ya había empezado a trabajar) que la nena no conseguía dormirse después de mamar para intentar calmarla y que yo pudiera descansar. Apoyándome siempre en todas las decisiones, aún cuando tenía y tiene sus dudas siempre somos una piña ante opiniones o consejos ajenos (siempre le termino convenciendo después de argumentarle gracias a todo lo que leo y las charlas a las que asisto). Por ser él el primero que insistía en que me metiera a la niña en la cama para darla el pecho, ya que ambas estaríamos mejor (a mi me daba miedo siendo tan pequeña al principio). Por ser el superpapá cuyo hombro o tripa son somníferos para Minerva. Por llevarse a la nena en la mochila a dar un paseo mientras yo intento descansar. Jugando con Minerva, haciéndola volar, tirándose en el suelo con ella, haciéndola reír, porque me encanta y disfruto viéndolos. Y por otras muchas cosas de las que ahora no me acuerdo. Quiero agradecerle que sea el mejor padre del mundo. Gracias Javi, sin ti no hubiera podido.

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