Llevo tiempo queriendo escribir acerca del vínculo que establecemos con nuestros hijos, y que conforma los diferentes tipos de apego, según nuestra capacidad de respuesta a sus demandas. Pero quien mejor para hablar de este tema que un profesional en este campo, Diego Sango. El es Psicólogo y Máster en Psicología Clínica y de la Salud, ejerce como terapéuta desde hace años, los últimos 8 especializado en infancia y familia. Diego es uno de los papás de nuestra asociación de crianza en nuestra localidad, donde hemos tenido el gusto de escucharle en alguna charla, y es además quien esta detrás del blog La mente corriente.

Sin más, os dejo con Diego Sango, a
quien agradezco su participación hoy aquí:
Cuando
nacemos somos increíblemente dependientes, estamos indefensos ante el mundo. La
cría humana es vulnerable y necesita ser protegida por sus cuidadores para sobrevivir.
Además, la necesidad de un bebé o un niño va más allá de la alimentación y la
higiene, la respuesta adecuada ante las necesidades afectivas de
los más pequeños se ha demostrado  también fundamental de cara a su salud,
tanto mental como física. 
Hace
ya medio siglo que Bowlby, psiquiatra y pionero de la teoría del apego,
descubrió que unos cuidados basados en el afecto y el vínculo saludable eran
determinantes para el desarrollo de un niño, incluso para su desarrollo físico.
Investigando al respecto comprobó que debido a que carecían de figuras de apego
seguras, afectuosas y predecibles, bebés bien alimentados y cuidados desde el
punto de vista asistencial (higiene, ropa, no exposición a peligro físico…)
desarrollaban todo tipo de enfermedades físicas y mentales, retrasos
madurativos y trastornos de conducta. Tras años de investigación se concluyó
que el tipo de vínculo que padres y cuidadores establecen con los niños
condiciona su evolución y desarrollo.

Antiguamente,
y no tan antiguamente diría yo, se pensaba que los niños nacían buenos, malos,
nerviosos o tranquilos, que uno “se volvía loco”, que el otro “se ha vuelto un
desagradecido”. Es decir, mágicamente uno desarrolla una personalidad así, de
la nada. Hoy sabemos que nada más lejos: la personalidad está fuertemente
influenciada por cómo nos han cuidado, cómo nuestros cuidadores respondieron a
nuestras llamadas de atención, cómo gestionaron nuestro mundo emocional.
Cuando
un niño va creciendo se transforma y sus necesidades se van transformando
también. Pero no nace maduro, no tiene herramientas para enfrentarse a lo que
le ocurre, depende absolutamente de esos guías que son sus cuidadores
principales, que establecen con el pequeño el llamado vínculo de apego. Cuando
un bebé o un niño presenta una necesidad física (tiene hambre, sueño, le duele
algo…) o emocional (está triste, tiene miedo, se está enfadando…) emite una
señal, un SOS. Ante esta señal el padre o la madre responden, y si su respuesta
es la adecuada el niño se sentirá seguro, entenderá que sus señales obtienen
respuesta, que lo que hace es importante para sus padres y es bueno para él,
que se le tiene en cuenta. Toda la ansiedad derivada de la situación quedará
neutralizada, percibirá su propia  capacidad para afrontar contratiempos.
El mensaje que el niño interioriza es el siguiente: lo que hago es importante y
me ayuda. Este tipo de respuesta por parte de los padres se denomina respuesta
sensible
, y genera un tipo de apego llamado apego seguro. Estos
son los ingredientes necesarios para que la autoestima del niño se vea
fortalecida y para que su personalidad se desarrolle saludable. 
En
cambio, si un niño sufre, emite mensajes de SOS y el cuidador no es capaz de
responder de modo sensible a los mismos y contener y dar salida a la demanda,
el menor empezará a asumir que sus acciones no solucionan nada. La vida se
convierte en algo incierto e impredecible donde hay situaciones donde uno está
solo y expuesto a emociones que nadie contiene, donde los problemas no suelen
solucionarse. Se genera así un sentimiento profundo de inseguridad, de
incapacidad para modificar el entorno cuando la cosa se complica. Por supuesto,
todo ello se convierte en los cimientos para una pobre autoestima, el caldo de
cultivo para diversas patologías. Este tipo de respuesta de los padres o
cuidadores conforma lo que se ha venido a llamar apego inseguro.
Hay
que tener en cuenta que para favorecer un apego seguro no hay que
responder por el niño en todo momento, se trata de tener en
cuenta lo que está haciendo, valorar cómo se siente y actuar de forma
afectuosa. No hay un apego seguro sin cariño y amor incondicional. La clave de
una crianza respetuosa y constructiva es asegurar al niño que, pase lo que
pase, es querido y valorado. 
La
gente tiene miedo a “malcriar” y actualmente muchos padres temen dar
a un hijo todo lo que pida, y realmente no es esa la idea, no es el niño el que
debe decidir en todo momento qué es bueno para él o para los demás, de hecho,
depositar en un niño la responsabilidad de su crianza crea igualmente vínculos
de apego inseguro. Aunque hay que pedirle opinión siempre que se pueda, eso les
hace sentirse útiles e importantes, solamente hay que dejar que decida aquellas
cosas para las que esté preparado. Qué lío ¿verdad?, y qué difícil. Evidentemente
no hay que dar todo lo que pida un niño pero es imprescindible dar todo lo
que necesita. Y necesita que sus sentimientos, sus quejas, sus
lloros y sus llamadas de atención sean atendidas y respetadas. Que no se le
censure por sentir, que sintamos con él. La clave es la empatía, tratar de
ponernos en su lugar y entender por qué se siente como se siente. 
Llegamos
aquí al virus de nuestra sociedad en lo que a crianza se refiere. Parece ser
que actualmente lo único que tiene importancia es cómo los niños se portan, y
no cómo se sienten. Hay una guerra contra los niños, adultos luchando contra la
mala conducta infantil, no vaya a ser que se nos suban a las barbas, que se
hagan tiranos o caprichosos. No hay foco de apego inseguro más común que el que
se deriva de la obsesión por la conducta y el olvido del estado emocional de un
niño. Tengo que alertar de este peligro porque es un error lamentablemente
frecuente en muchos padres, un error alentado por muchos pediatras, psicólogos
o psiquiatras. Centrarse en cómo un niño se porta nos aleja inevitablemente de
sus sentimientos. Y esto les llena de inseguridad porque comprueban que sus
emociones no sirven ni son legítimas, su queja y su llanto se toman como un
capricho, un modo de manipular al adulto. Esto debilita el vínculo tornándolo
más inseguro, creando angustia y, ¡atención!, mala conducta. He aquí la madre
del cordero: el desarrollo de un problema de conducta infantil (excepto en
casos con daño neurológico importante) tiene su origen precisamente en la
existencia de una necesidad a la que nadie atendió de forma sensible, a la que
nadie dio sentido. Como no se contuvo la respuesta emocional derivada de esa
situación, al niño no le quedó mas remedio que convertir su necesidad y sus
sentimientos en síntomas: comenzó a emitir conductas desesperadas, inadecuadas
para el adulto. Estas conductas son molestas para los cuidadores, pero son
mucho peores para los niños; no olvidemos que no tienen nuestra capacidad para
razonar o gestionar sus emociones. Un niño que se comporta de forma inadecuada
no es un demonio, es alguien que sufre y al que hay que ayudar
urgentemente. 
Hay
muchas cosas que deben hacerse por norma y otras que no deberían hacerse porque
perjudican la autoestima y hacen vulnerable la personalidad de un niño,
expliqué muchas de ellas en entradas como El
maltrato infantil o el “cachete a tiempo”
 o Algo
sobre apego y capacidades parentales
, si queréis ampliar la información
podéis echarle un vistazo a esos posts. Sin embargo, hoy quería insistir en la
importancia de mirar a los niños desde el punto de vista de lo que sienten. Si
queremos que se sientan bien y, sí, que se porten bien, debemos ir más allá de
su conducta, empatizar con sus emociones del momento. Las respuestas a las
siguientes preguntas nos darán buenas pistas de cara a fomentar un vínculo de
apego seguro: ¿Cómo se sentirá para estar comportándose así?, ¿Por qué está
sintiéndose así? 
Pero
que nadie se asuste, solamente en los casos extremos se establecen apegos
totalmente inseguros, lo que ocurre más frecuentemente es que los padres actúan
dando seguridad ante unas situaciones y no tanto en otras. Ninguna familia es
perfecta. Todos tenemos nuestras limitaciones pero también nuestros recursos. Y
debemos seguir aprendiendo de los niños para hacernos mejores cuidadores. Además,
y esto es algo increíblemente común, cuando nos convertimos en madre o padre
tendemos a tomar como base, muchas veces inconscientemente, la crianza que
nuestros cuidadores ejercieron sobre nosotros. No es que cuidemos exactamente
como nos cuidaron pero, al convertirnos en cuidadores, el vínculo que
establecieron con nosotros condicionará el que tendremos con nuestros hijos.
Esto se llama en algunos contextos profesionales transmisión
transgeneracional
. Solamente el que se hace consciente de su propia historia
de crianza, el que es capaz de conectar con su niño interior, puede localizar y
manipular esta transmisión, quedándose con aquello que crea un vínculo de apego
seguro y modificando aquellas pautas educativas que solo provocaban inseguridad
y angustia. Este es el modo de romper la cadena y dar a nuestro hijo lo mejor
de nosotros. 
Hoy
he tratado de explicar un tema muy amplio y lleno de matices, hay libros
enteros escritos sobre los conceptos que aparecen en este post. Con el objetivo
de ampliar este y otros temas iré publicando más entradas relacionadas con los
vínculos de apego. Así mismo, de aquí a un tiempo y como complemento a mi labor
como terapeuta, comenzaré a impartir talleres y cursos para padres y madres,
información que iré volcando en mi blog La
mente corriente
, al cual, por cierto, quedáis tod@s invitad@s.
  Bueno, espero
que el artículo os haya aportado algo positivo o constructivo. Al menos
esa era mi intención. Comentar por último que ha sido un placer escribir
para Minerva y su mundo, un blog completo y documentado que da bastante
luz a ese mundo tan mágico que es la maternidad/ paternidad. Gracias por
cederme tu espacio por un día, Carol. 

  Un saludo a
tod@s.

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