Antes de empezar quiero dejar claro que esta historia es nuestra y sólo nuestra. Es decir, que lo que a nuestra familia le ha servido y le sirve no tiene por qué servirle a las demás y viceversa.
En las clases de preparación al parto el colecho fue el tema más controvertido, una cosa era tener al bebé lo más cerca posible por si nos necesitaba y para estar más tranquilos, y otra era meterlo en la cama. Mi matrona nos trajo un libro sobre colecho (no recuerdo su nombre), como hacía otras veces con otros temas, pero esa vez no me molesté ni en echarle un vistazo. En aquel momento tenía claro que eso no era para nosotros.
Cuando nació Minerva me la pusieron conmigo en la camilla y me dijeron cómo colocarme de lado para darle el pecho, mientras esperábamos a que se pasase el efecto de la epidural para que nos bajasen a planta. Y ahí estaba mi niña pegadita a mí, hecho que al principio recién parida disfruté enormemente. Pero según fue pasando el tiempo comencé a impacientarme, estaba muy cansada y me daba terror dormirme y aplastar a mi bebé. Así que en vez de seguir disfrutando y dejarme llevar por ese precioso momento empecé a sentirme nerviosa, a estar incómoda. Ahora lo pienso y me siento fatal, ¿qué recibimiento le di a mi pequeña? Sólo quería bajar a planta para ponerla en su cunita (siempre que no llorase, eso lo tenía claro), todo por mi miedo a hacerle daño.
Como ya sabéis, sino podéis leerlo aquí, Minerva no consiguió engancharse bien y estuvimos con pezoneras hasta los cuatro meses y medio. Además de que las tomas eran eternas, podíamos estar media hora o cuarenta y cinco minutos en cada pecho entre unas cosas y otras, tuve algunos problemillas añadidos como una subida de leche bestial que hizo que tuviese que estar sacándome leche cada dos por tres (aunque también lo achaco a las pezoneras), y más tarde una mastitis. El caso es que los primeros días, entre todo esto y la revolución hormonal apenas dormía y lloraba desesperada pensando si podría con todo aquello y si sería así toda la lactancia. Recuerdo que mi compañero de ruta me animaba a meterme a nuestra bebita en la cama, pero yo me negaba. Además luego comprobé en alguna siesta en la que terminaba metiéndome con la nena en la cama, que con las pezoneras era muy difícil y casi imposible, porque se le escurrían de la boquita y no se si por esto o por mi estado de alerta para no dormirme, Minerva tampoco parecía estar cómoda mamando tumbadas en la cama. Así que pasaron cuatro meses y medio en los que me levantaba dos veces de media para darle el pecho en el sofá, en los que terminé medio durmiéndome con ella en brazos, consiguiendo descansar algo más pero con una torticolis y un dolor de culo y de piernas impresionantes.
Ahora lo pienso, y manda narices, porque lo que no se recomienda es dormir en un sofá con un bebé. Si bien es verdad que la tenía en brazos sobre el cojín de lactancia, normalmente con los pies en alto y en esa postura era imposible que se cayera.
Cuando nos deshicimos de las pezoneras el papá me volvió a sugerir que la metiese en la cama con nosotros cuando se despertaba por la noche y eso empecé a hacer sin ninguna contrariedad, pero con mucho miedo. Ponía una almohada entre el papá y yo, pues tampoco me fiaba de él (pobre), y yo metía el brazo que quedaba bajo mi almohada entre los barrotes del cabecero, por si me daba por bajarlo o me giraba sin darme cuenta y aplastaba a mi niña. A veces ni me dormía mientras duraba la toma, que ya eran mucho más cortas, o me despertaba al poco y la volvía a dejar en su cuna. Poco a poco me di cuenta de que no me movía ni un centímetro y que si era ella quien se movía yo la sentía al instante. Así fue como por fin fui perdiendo el miedo y comencé a disfrutar de algo tan maravilloso como es dormir junto a las dos personas más importantes de tu vida. El saberla siempre a tu lado, su respiración, su calorcito, su preciosa carita al despertarte por las mañanas, la tranquilidad de verla mamar las dos tan a gustito y quedarnos dormidas de esa forma tan embriagadora.
Mentiría si dijese que todo ha sido perfecto hasta ahora. Hemos tenido rachas en las que daba patadas, en las que se sentaba en la cama y al caerse medio dormida te daba un cabezazo de cuidado, en las que se ha despertado cada hora y a pesar de tener su tetita cerca esto no evitaba que te despertases y durmieses bastante mal esas noches (aunque no quiero pensar si me hubiese tenido que levantar cada hora a darle el pecho o a dormirla, que es lo mismo), y rachas en las que en alguna de las tomas de la noche se dedicaba a rascarme con las unas el pecho o la tripa (da igual que le acabes de cortar las uñas) cosa que reconozco que me ponía y me pone de muy mala mala leche.
A los nueves meses, estando en Asturias de vacaciones, al despertarme sin más una mañana, ví que la pitufa estaba sentada en la cama, despierta. No había hecho ningún ruido ni había hecho por despertarnos. Y temí que volviese a hacer lo mismo y le diese por irse hacia los pies de la cama y se cayese. El caso es que las veces que lo ha vuelto a hacer siempre me he despertado, menos mal que tenemos ese sexto sentido. Aún así a partir de ahí tuvimos que remodelar la habitación, porque claro, cuando el papá se va a trabajar el ponerle una almohada ya no le frena. Así que lo que hemos hecho es mover la cama hacia la pared, la mesilla que estaba en ese lado del papá ha quedado seguida de la mía, y a mi lado tenemos la cuna que utilizamos de barrera y para alguna siesta de la nena, aunque la mayoría se las sigue echando encima mía. Y para dejarlo todo bien seguro, en el suelo, a los pies de la cama, hemos puesto un montón de cojines. Pero ya os digo yo que aunque crea que no la voy a sentir si se despierta y le da por irse de marcha, sí que la siento.
Hasta ahora esta es la historia de nuestro colecho. Todavía nos queda mucho por vivir, por sentir y por disfrutar nuestro sueño juntos.
Todavía no le hemos comprado los muebles de su habitación y tampoco tenemos ninguna prisa por hacerlo. Creo que como todo hasta ahora, lo iremos viendo sobre la marcha.
Puedo decir que una de las cosas que he descubierto con la maternidad es el colecho, yo que me lo quería perder. Podría enumerar unas cuantas razones por las que colechamos actualmente, pero sólo diré dos, por amor y por instinto.

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