Nunca me han gustado las comparaciones, quizás porque de pequeña no me gustaba que me comparasen con mi hermana ni con los hijos de los amigos de mis padres, ni en clase con el compañero, ni con… Cuidado, que tampoco me hacía ninguna gracia cuando la comparada era mi hermana conmigo, no se qué edad tendría, la suficiente para saber que a ella también le disgustaba. Llevo tiempo leyendo un libro de Dorothy Corkille Briggs (antes aprovechaba a leer cuando la nena mamaba, pero como hemos pasado de estar media hora en la teta a estar cinco minutos es lo que tiene), “El niño feliz, su clave psicológica”. La autora, que ha trabajado como educadora, psicóloga escolar y consejera de matrimonios y familias, es además una concienzuda defensora del papel paterno en la formación de una conducta sana. Ya os comentaré más sobre él cuando lo termine, ahora quería dejaros unos párrafos: “La comparación es el camino más seguro hacia los celos. Puesto que los celos provienen de sentirse “menos que” otro, las comparaciones no hacen más que avivar las llamas. No veo por qué no estudias como tu hermana. Nunca tengo que recordárselo a ella. Las observaciones como esta -moneda corriente en miles de hogares- son veneno puro. Un veneno que garantiza los celos, el resentimiento y la ineptitud. Machacan al niño con que él es menos que otro.
Aunque jamás empleemos palabras de comparación con nuestros hijos, nuestro pensamiento en tales términos se comunica en forma no verbal y puesto que, en nuestra cultura, la comparación es desenfrenada, es necesario recordar constantemente que cada niño es único, y que compararlo con otros está fuera de lugar.
Los celos innecesarios se previenen cuando construimos la autoestima del niño, evitando someterlo a trato desparejo, nos rehusamos a utilizarlo para cubrir nuestras necesidades insatisfechas y evitamos compararlo con los demás.” El otro día me sorprendí comparando a Minerva con otra nena. “Mira que sonriente está Irene, ¿ves?”, pues andaba algo quejosa. Inmediatamente me dí cuenta de lo que estaba haciendo. ¡Ay dios mío!, pensé, a ver si voy a ser yo ahora una de esas madres que están todo el día haciendo comparaciones absurdas con sus hijos. A veces lo hacemos sin querer, y no se si es que viéndolo desde fuera todo es más fácil. Para no dar muchos detalles diré que cada vez que nos juntamos con un nene bastante mayor que Minerva, este se pone muy nerviosillo, normal, y no se les ocurre a sus papás otra cosa que hacer la comparación de mira que tranquila está la nena. ¡Uf!, pensé yo, así lo único que van a conseguir es empeorar las cosas, y efectivamente. No creo que a ningún adulto le guste que le comparen con nadie. ¿Entonces, por qué lo hacemos con l@s niñ@s? ¿Habrá gente que piense que así van a conseguir modificar la conducta que ellos consideran errónea? No hablo aquí de las comparaciones que algunas veces tenemos que aguantar, tanto el papá y/o la mamá como el nene o la nena, de algunos padres que quieren dejar claro las virtudes de sus hij@s en detrimento de l@s nuestr@s. Me parece estupendo que estén orgullosos de los avances de sus nen@s, todo padre lo está, pero la prepotencia es algo que no aguanto, y menos cuando afecta a mi hija. Creo que los padres, abuelos, familiares, amigos, docentes y la sociedad en general no son conscientes de lo que puede afectar el comparar repetidamente a un niñ@ con otr@. Es como decirle una y otra vez, tú no vales, no eres lo suficientemente bueno, tendrías que ser como fulanito. Si quieren que sea como fulanito, pensarán ellos, es que mis padres no me quieren tal y como soy. ¿Cómo afecta eso al futuro adulto? Quiero dejaros también unas palabras de Laura Gutman, Hermanos: «La hermandad como experiencia concreta puede llegar a ser una de las vivencias más extraordinarias para un ser humano. Sin embargo tener hermanos no es garantía de que esos lazos de amor y proximidad emocional se instalen. Ni siquiera influye positivamente o negativamente que tengan poca diferencia de edad entre ellos o mucha, que sean del mismo sexo o que compartan habitación. La hermandad en su sentido profundo podrá desarrollarse siempre y cuando los padres sean capaces de atender las necesidades de unos y otros sin rotularlos, sin encerrar a cada hijo en un personaje determinado, sin considerar que uno es bueno y otro malo, uno inteligente y otro tonto, uno veloz y el otro lento. Esas afirmaciones aparentemente inocentes que los adultos perpetuamos durante la crianza de los niños, las utilizamos sin darnos cuenta para asegurarnos un rol estático para cada uno. Cuando un niño comprende que según sus padres es inteligente, o responsable o distraído o agresivo o terrible, intentará asumir ese papel a la perfección. Es decir, será el más terrible de todos o el más valiente de todos. Habitualmente cada hermano tendrá asignado un personaje para representar, alejándolo de ese modo de su propio ser esencial y también del ser esencial de cada uno de sus hermanos.
Por el contrario, si los niños perciben sufrimiento, soledad, apatía o abandono emocional, el bebé recién nacido no logrará hacer crecer en sus hermanos la empatía ni el cariño. Ningún niño estará en condiciones de alimentar afectivamente a un hermano si está hambriento de cuidados, por más que sea mucho mayor en relación al pequeño o porque sus padres se lo demanden. De nada vale teorizar sobre el bien ni sermonear sobre lo que es correcto hacer, ya que cada niño podrá asumir espontáneamente el amor hacia los hermanos, sólo si realmente siente que el amor abunda a su alrededor. Y en todos los casos, somos los padres quienes tenemos la responsabilidad de la nutrición amorosa. Amar a los hermanos no es un tema menor. Cuando tenemos la dicha de vivir la experiencia de la hermandad dentro de casa, luego podemos trasladarla a los demás vínculos humanos y sentir que casi cualquier persona puede constituirse en un hermano del alma. Y si es nuestro hermano del alma, no dudaremos en dar la vida por él. Ese derroche de amor y generosidad brotará de nuestro corazón si la hemos aprendido en la sencillez de la infancia.”

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