Mi idea era hablaros de otro tema, que ya os contaré en otra ocasión, porque recordando y recordando me apetece más contaros un poco nuestra experiencia en el inicio de nuestra lactancia. Ya he hablado alguna vez de que cuando salimos del hospital Minerva todavía no se había enganchado al pecho, algo había chupeteado, pero con eso no bastaba. La enfermera que nos atendía cuando nos dieron el alta, nos recomendó las pezoneras si quería dar el pecho. Así que pezoneras al canto, y así enganchó a la perfección. Después de cada toma teníamos que darle una ayudita con jeringa, primero de 20 ml y después de 10, hasta que ya no hizo falta en sólo unos días. Tuvimos que estar yendo al hospital la siguiente semana después del alta para revisiones de control de peso, con lo cansada que estaba de no pegar ojo por las noches y todos esos primeros días de un lado a otro, entre el papeleo (el papá y yo no estamos casados y no todo lo podía hacer él sólo) y las revisiones. Menos mal que la nena cogía peso estupendamente y nos dieron el alta esa misma semana. La matrona que nos atendía en esas revisiones intentó ayudarnos a que la nena enganchase sin las pezoneras, pero a pesar de la buena postura, no lo conseguíamos, así que nos recomendó asistir a grupos de apoyo como La Liga de la Leche y comprarnos un sacaleches para que la ayudita se la diese con mi propia leche, el cual la verdad es que me vino de perlas porque lo he usado bastante. Aunque la subida de la leche la tuve a los tres día, esa primera semana (fue un no parar, así estaba yo) tuvimos que acercarnos también a urgencias porque terminé con los pechos congestionados. A pensar de saber lo que tenía que hacer no conseguía sacarme ni una gota con el sacaleches, y por aquellos días a mano tampoco sabía. En urgencias si pude sacarme leche, la cual nos dejaron llevarnos a casa (faltaría más), pues creo que rondaba entre los 100 y los 150 ml. Pero antes de poder irnos tuvimos que esperar horas y horas en una sala, agotados, porque nos pilló cambio de turno, y yo ya estaba desquiciada porque sólo quería irme a mi casa con mi bebé a descansar. Menos mal que la matrona que nos atendió, por fin, me ayudó y consoló todo lo que necesitaba, porque terminé llorando a moco tendido, y es que por momentos todo se me hacía un mundo. Recuerdo que me dijo que en los cursos de preparación al parto siempre decía que lo duro no era el parto sino lo que venía después (esos primeros días de conocimiento mutuo y de incursión en un nuevo mundo). Así que casi los dos primeros meses el aplicarme calor antes de las tomas, sacarme la leche sobrante después y por último la aplicación de frío, se convirtió en algo cotidiano cada dos por tres, no se si las pezoneras influirían en esto. Entre la hora que duraba la toma más toda la parafernalia no hacía otra cosa noche y día. Cuando todo parecía ir mejor, tuve una mastitis, que gracias a que conocía los síntomas, la pillamos a tiempo y con el antibiótico al día siguiente ya no me dolía. El resto de las veces que he tenido molestias en el pecho derecho, que ha sido siempre el rebelde, las he podido solucionar en casa, con el remedio calor-sacaleches-frío. Es lo que tiene la experiencia. A los cuatro meses y medio conseguimos dejar las pezoneras, os invito a leer la entrada al respecto. Pensé que ya no tendría más problemas de ese tipo. Pero hasta los seis meses y medio, tuve algún contratiempo, quizás cuando la lactancia dejó de depender de las hormonas, para depender totalmente de la succión de mi hija. Por cierto, hace ya más del doble de tiempo de nuestra lactancia que estamos sin pezoneras, a pelo, lactancia de verdad, y es que con las pezoneras siempre sentí que me faltaba algo. Fue a partir de los cuatro meses y medio cuando empecé a disfrutar de verdad de la lactancia con mi hija, ya no había nada que se interpusiera entre las dos; sí, le había estado dando mi leche y mi cariño, pero ahora el contacto era pleno. También a partir de ahí comencé a dormir más y mejor, a pesar de que la nena, al ser más grande, de despertaba más, porque pude meterla en la cama con nosotros para darle el pecho, y es que con las pezoneras era imposible, se le escurrían de la boquita y además me daba miedo que al quedarme dormida se ahogase con el plástico. Fue maravilloso descubrir el colecho, despertarme y ver su carita de duendecilla, tan bonita, durmiendo plácidamente junto a mí. Atrás quedaron esas noches en las que luchaba por no quedarme dormida en el sofá con la nena en brazos, y el papá andaba de un lado a otro con los paños calientes o fríos (menos mal que pudo juntar mes y medio entre vacaciones y permiso de paternidad). Noches en las terminaba quedándome dormida con la nena en mi regazo, con mucho cuidado, intentando posturas lo más cómodas posibles pero siempre lo más seguras para la nena, y despertándome siempre con una tortícolis de caballo y el culo dolorido de estar casi las 24 horas sentada. Qué lejos veo todo aquello ahora. Con las pezoneras no tuve grietas y me daba miedo tenerlas cuando nos deshicimos de ellas, pero la postura ya la teníamos dominada y no tuvimos ningún problema al respecto. Así que yo que pensaba que ya estaba todo superado. Y resulta que antes de ayer, acababa la nena de dormirse y estaba todavía enganchada al pecho, cuando me pegó un mordisco… ¡qué dolor!, se me escapó un grito, y ella se despertó, claro, asustada y ajena a lo que había sucedido. Tengo una heridita y se me ha inchado un lado del pezón. Así que me estoy dando mi propia leche, dejándolo que se seque al aire y también me pongo un poco de frío. Cada vez que mama veo las estrellas, e intento no darle muchas tomas de ese pecho. Además ahora me da miedo que me vuelva a morder. Eso sí, ya le he explicado que a mamá no se le muerde porque le hace pupa. Esto no se acaba aquí. Porque estamos todavía en los “inicios” de nuestra lactancia. Todavía nos queda mucho por recorrer y mucho por disfrutar, pues a pesar de algunos bachecillos, el placer de amamantar a tu hij@ lo puede todo.

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