Qué fácil es ver la paja en el ojo ajeno, qué fácil es opinar desde la barrera. ¿Quién iba a decirme a mí hace un año que iba a ver las cosas tan distintas ahora? Ha cambiado tanto mi opinión en cuanto a la manera de criar a un@ hij@. Quizás por las clases de preparación al parto, quizás por todo lo que he leído, quizás porque dado el momento es con lo que más a gusto me siento y porque me he dado cuenta de que muchos de mis antiguos pensamientos (cuidado, que todavía a veces me rondan por la cabeza) eran fruto de frases repetidas una y otra vez a mi alrededor durante gran parte de mi vida. Todavía, a veces, por ejemplo, cuando de noche Minerva se queda dormida mamando y se despierta en cuanto la echo a la cama y vuelta a empezar, el pensamiento de que me está tomando el pelo reaparece en mi mente. En esos momentos, 3, 4, 5 de la madrugada, tengo tanto sueño que me irrita el darme cuenta de voy a tener que estar otra media hora, como mínimo, en vela. Pierdo la paciencia (que por cierto, no es que tenga mucha), quiero descansar, dejar de oír llantos, olvidarme de mis responsabilidades y de sus demandas. Pero no puedo. Y me enfado, la cojo con desgana, le hablo de malos modos, le alzo la voz. Si hace unos meses hubiese visto esa escena, no hubiese dudado en calificarla de mala madre. ¿De verdad los bebés nos toman el pelo? Piensan, voy a fastidiar a mi mama, despertándome una y otra vez y chillando todo lo que pueda, para que ya no pueda pegar ojo en un buen rato. Ahora sé que está tan a gustito en mis brazos que se queda dormida (por mucho que yo intente despertarla); pero como no ha comido suficiente, cuando nota la frialdad de la cuna, recuerda su estómago medio vacío y me llama de la única manera que ella sabe; o puede que simplemente al echarla a la cuna se desvele y quiera volver al calorcito de mi cuerpo. Entonces me siento culpable por no haberla tratado como se merece, digamos lo claro aunque me cueste, por haberla tratado mal. Esos días en los que no para de llorar, no sabemos qué le pasa, la frustración se apodera de mí. Entonces me pongo nerviosa, y ella se pone nerviosa, y somos como la pescadilla que se muerde la cola. Como dije antes, pierdo la paciencia, pierdo la confianza (y es que llego a pensar que no quiere estar conmigo, que me rechaza, porque en cuanto la coge su padre se calma, claro que esto es sólo a veces, y hay que tener en cuenta que él está más tranquilo que yo) y puedo terminar llorando con ella. Tengo comprobado que normalmente si yo consigo estar tranquila cuando ella está nerviosilla, se relaja más fácilmente. La mayor parte de esta entrada la escribí ayer y hoy la estoy retocando para publicarla en cuanto pueda. Pues resulta que mi propia entrada me sirvió de autoayuda para relajarme, y ayer por la tarde-noche pude estar con ella más a gusto y atenderla en condiciones cuando me necesitaba. Lloró, si, pero lloró menos, y se durmió antes. Creo que debemos tratar a nuestr@s hij@s con respeto, comprensión y cariño. Y olvidarnos de que en nuestra relación con ell@s exista competición, descalificación o superioridad… Cuando nos alteramos o estamos cansados esto no es tan fácil, no somos perfectos. Pero al día siguiente lo intentaremos hacer mejor, porque queremos lo mejor para nuestr@s hij@s. Quiero pensar que eso no me hace tan mala madre.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
error: Contenido Protegido

Comparte en tu redes sociales

0

Tu carrito