La pregunta está bien formulada. No pregunto si es ella la que necesita separarse de mí, para que “vaya aprendiendo” o para que “no se enmadre”. Lo que yo me planteo, últimamente, es si yo necesito separarme unas horas de mi hija. ¿Por qué me lo pregunto? Al principio era para saber, si alguna vez yo tenía que ir a algún lado, que los tres estaríamos bien. Saber que el papá y la pitufa se apañarían y no me echarían en exceso de menos, y que yo también estaría tranquila. Las ocasiones en las que el papá y Minerva están solos es cuando se la lleva en la mochila, por las tardes o los fines de semana por la mañana, mientras saca a nuestro perrillo a pasear; o en casa, el tiempo que tardo en ducharme o en la cocina (el día que cocino yo); bueno, y cuando se echan la siesta juntitos (aunque últimamente no tanto porque la nena ha decidido que eso es perder el tiempo). Luego la pregunta se ha ido ampliando. Y es que últimamente, además de algunas preocupaciones que me rondan por la cabeza, que ahora detallaré a continuación, hay días que me agobio mucho con Minerva y necesito un tiempo para mí en exclusiva, cosa que además me hace sentir mal.
En casi un año juntas sólo nos hemos separado en contadas ocasiones. El día que más tiempo estuvimos separadas no pasaron más de tres horas, y casi todas nuestras separaciones han sido motivadas por visitas hospitalarias a familiares. Si no nos hemos separado más es porque no veía la necesidad. Minerva me necesitaba y yo a ella, y siempre tuve claro que si tenía hij@s era para disfrutar con ellos. Por eso no concibo ir a ningún sitio sin mi hija, a no ser que sea por fuerza mayor. Al contrario, busco actividades que podamos hacer juntas fuera de casa. No hace mucho, en las fiestas del pueblo de mi compañero de ruta, los amigos nos alentaban a dejar a la niña con los abuelos para poder irnos de fiesta por la noche, pero ni tengo ganas de andar hasta las tantas por ahí de juerga ni de dejar a mi hija sabiendo que se va a despertar buscando su tetita. La primera vez que nos separamos fue cuando Minerva tenía tres meses y operaron a mi padre del corazón. Sólo podíamos entrar en la UCI dos personas una media hora. Así que el papá se quedó con la bebita dando un paseo en las inmediaciones del hospital mientras que yo subía a la sala de espera a reunirme con mi madre. Me costó horrores separarme de mi hija, aun sabiendo que se quedaba con la persona en que mayor confianza podía dejarla. Tardaron en llamarnos y yo estaba nerviosísima por entrar de una vez, no por ver a mi padre sino porque cuanto más tardásemos en entrar más tardaríamos en salir. Una vez allí el tiempo se me hizo eterno. Estaba preocupada por mi padre, se me ponía la piel de gallina viéndole tan débil y todavía sin estar fuera de peligro, pero me sentía mal conmigo misma porque estaba deseando salir de allí para reunirme con mi pequeña, a pesar de que mi padre, el pobre, nos pedía que no le dejásemos. Fue la primera hora que pasé separada de mi pequeña, tan lejos, sin oírla, sin olerla, sin sentirla, sin verla, sin tocarla, sin saber que estaba bien. La necesitaba, sentía dolor físico, creo que nunca había sentido algo así en la vida. Era como si me separase de una parte más de mi cuerpo, de mi alma, es difícil describirlo con palabras. No quiero ni imaginar cómo tienen que sentirse las mujeres que dejan a sus bebés a las dieciséis semanas para reincorporarse al trabajo.
Pero llevo un tiempo, unos días, en que me siento diferente en este aspecto. Siento como si mi apego hacia ella hubiese cambiado (no se si apego es la palabra que estoy buscando). El vínculo con mi hija sigue inquebrantable, pero me veo capaz de separarme por más tiempo de ella, siento que podemos estar separadas durante unas horas sin que ninguna de las dos sufra. Por un lado me parece algo bueno, pero por otro es como si perdiese ese apego, como si perdiese a mi bebita, y es que se está convirtiendo en mi bebé grande y siento que estoy perdiendo algo. Ya no es el bebé dependiente totalmente se mí, de su madre, inseparable. Sé que puede estar tranquilamente con los abuelos sin mí (me lo ha demostrado alguna vez, al principio a mi pesar, será que me he malacostumbrado, je, je), y le gusta, pues tiene pasión de abuelo materno. Tiene muy claro lo que quiere y lo que no, y te lo hace saber. Es una niña que necesita muchos estímulos, que le encanta explorar, imparable e incasable, que hay días en los que apenas se echa siesta o directamente ni se la echa porque quiere estar correteando en casa, en la calle o donde sea pero sin perder el tiempo durmiendo, que a pesar de tener casi un año si por lo que sea no puede tener lo que quiere (bajarse de la acera a la carretera, coger un objeto peligroso que no está a su alcance, por poner dos ejemplos), y más aún si el sueño le acompaña, la rabieta que se coge me deja desconcertada, pues puede ir desde darme cabezazos y arañarme (la tengo aupa para consolarla), pasando por un llanto desgarrador, hasta echarse hacia atrás con todas sus fuerzas, que si nos pilla en el suelo y no tenemos cuidado el cabezazo que se da es de cuidado. Los días en los que esto sucede, que no son todos ni todo el rato, termino agotada y algún día puedo llegar a estar desesperada. Creo que es la primera vez en la realmente necesito otras manos.
Por otro lado, últimamente pienso más en mi reincorporación al mundo laboral. No porque me gustase mi trabajo sino porque me da miedo que pase el tiempo y en mi curriculum quede tal hueco que luego me sea difícil la vuelta. Al mismo tiempo esta posible reincorporación no me apetece porque sería como salir al mundo real, fuera del mundo de mi hija, y encontrarme de nuevo en la selva, en la desconexión. Temo de esa manera desvincularme, entonces sí, de mi hija. Pues doce horas, que era lo que antes estaba fuera de casa, con todo lo que acarrea psicológicamente (lo que me traería a casa acuestas), creo que engulliría parte del mundo maravilloso, inocente, en el que ahora vivimos. Hasta el momento no me había preocupado para nada el tema monetario, estaba convencida de que nos apañaríamos, que por otro lado así es realmente. Quizás lo pienso más porque he visto más cerca el plazo que me puse para empezar a trabajar y he comenzado a darle vueltas y vueltas, ya ves tú para qué. Hablándolo con mi compañero de ruta seguramente no tenga necesidad de empezar a trabajar en enero, por ahora nos apañamos bien, lo cual en el fondo me tranquiliza, porque antes que dejar a mi hija doce horas en una guardería prefiero pasar hambre. Desechada esa opción me estoy planteando hacer algún curso o alguna actividad, porque me apetece hacer algo para mí, tener un rato para dedicarme a mí exclusivamente. No quisiera dejarla en la guardería con unos extraños, seguramente la dejaría con mis padres ya que serían pocas horas y los tres estarían encantados. Y claro, tendría que ser algo que me interesase, que no estuviese demasiado lejos y que no fuesen muchas horas. ¿Pido mucho?
Todo esto me hace sentir muy culpable. Culpable por sentir que ahora ya si puedo ser capaz de estar un tiempo separada de mi niña, culpable por querer un tiempo y un espacio para mi, culpable por plantearme separarla de mi lado sin saber qué es lo que ella opina al respecto, culpable por hartarme en ocasiones de su presencia imparable. Quiero a mi hija con locura, no creo que haga falta decirlo, pero también quiero unas horas para mí. Quizás para sentirme mejor pienso que luego en nuestro reencuentro lo disfrutaremos más, al menos yo, que estaré más relajada. Pero el pensar eso no hace que la culpa desaparezca.
¿Tenemos entonces las mujeres necesidad de dejar a nuestr@s hij@s por unas horas para sentirnos realizadas, para descansar de las demandas de nuestr@s hij@s, para no sentir miedo de quedarnos desplazadas en el mundo laboral ni social, para poder disfrutar de nosotras mismas en exclusividad? ¿Y qué hacemos entonces con esa culpa que arrastramos por plantearnos ser infiel a nuestr@s hij@s? Quizás es el precio que debamos pagar por ser nosotras, y no ell@s, los que iniciemos la ruptura de nuestra fusión.

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