Mi hija tiene ya 14 meses y todavía no he empezado a trabajar. Recuerdo que cuando se me acabó la baja de maternidad me puse una fecha en la que ya debería estar trabajando, el primer cumpleaños de mi pitufa. Cuando esa fecha se iba acercando lo fui posponiendo, y a día de hoy no se a ciencia cierta cuando me voy a reincorporar al mundo laboral.
Siempre tuve claro que si tenía hij@s era para estar con ell@s, para disfrutar con ell@s, y que haría todo lo posible para que esto fuese así. Ya conté, no hace mucho, que tuve la “suerte” de que cuando me dieron de baja en el séptimo mes de embarazo, no me renovaron el contrato en la empresa donde trabajaba por aquella época y me fui al paro. No hay mal que por bien no venga, porque eso hizo que pueda dedicarme a mi hija al 100%. Empecé a posponer mi reincorporación porque no nos veía a ninguna de las dos capaces de separarnos la una de la otra, se me hacía un nudo en la garganta cada vez que pensaba en esa posibilidad, imagino que como a todas las madres. Es verdad que a día de hoy contemplo la posibilidad de separarnos por unas horas porque nos veo a las dos más capaces de afrontar la separación y porque me apetece formarme en aciertos ámbitos, pero si hace cuatro meses no hubiese tenido más remedio que forzar la separación realmente creo que hubiese entrado en una depresión y lo habríamos pasado francamente mal, como desgraciadamente les ocurre a muchas familias.
Parece que no todo el mundo entiende esto. Dan por hecho que necesitas trabajar, tanto a nivel económico como a nivel emocional. En nuestro caso hemos ido haciendo cuentas, cortándonos de cosas innecesarias y hemos visto que, sin lujos, por ahora podemos vivir la mar de bien así. Por otro lado es verdad que a veces se hace duro estar casi todo el día sola con un bebé, pero eso es porque necesitamos de otros, necesitamos de la tribu, y es por eso por lo que día si día no buscamos ese acompañamiento en grupos de apoyo, mamás con las misma inquietudes, los abuelos, etc. Pareciera que el hecho de decidir quedarme en casa implicase estar tirada en el sofá sin hacer nada (el “qué bien vives”) o por el contrario estar dedicada en cuerpo y alma a las tareas domésticas (“estarás de maruja todo el día…”), nada más lejos de la realidad, porque con un terremotillo como es mi nena, una no tiene mucho tiempo ni para descansar ni para tener la casa estupendísima de la muerte, que por otro lado tampoco es mi objetivo. Parece que llega un momento en que ya debiera estar trabajando, al menos así es como lo noto en los comentarios que recibo, que por suerte no son muchos. Desde que se me terminó la baja por maternidad me han ido preguntando de vez en cuando si ya había encontrado trabajo, a lo que yo contestaba que todavía no estaba buscando nada, y así cada cierto tiempo. Pero últimamente pareciera que moleste, o al menos yo noto cierta incomprensión por el hecho de que aún no trabaje. Si me preguntan si no me sale nada y respondo que todavía no estoy buscando, encuentro silencio al otro lado. Si me preguntan si ya he empezado a buscar y respondo que no, me contestan con “¡hay que ver contigo!”. Se que no son preguntas ni comentarios hechos con mala intención, pero me pregunto por qué se tiene que dar por hecho que hay que trabajar y no hay otras opciones. Cuando una prima mía decidió dejar de trabajar cuando se le acabó la baja por maternidad para seguir disfrutando de su bebé (tiene tres meses más que Minerva) casi todo el mundo a su alrededor se echó las manos a la cabeza. Cómo iba a dejar un trabajo, que por otro lado no era el trabajo de su vida, tal y como estaban las cosas. No lo entendían, era como si no supiese lo que estaba haciendo, cuando precisamente no podía ser una decisión más consciente. Por mi parte tuvo todo mi apoyo.
Algo que también me aconsejaron cuando la pitufa rondaba los seis meses era trabajar por mi bien, por mi salud mental, porque “ya verás como así estas mejor”, todo ello basado en la experiencia de una tercera persona. ¿Acaso yo había pedido consejo? ¿Acaso yo me encontraba mal como estaba? Todo lo contrario. ¿Por qué tenemos entonces que pasar todos por el mismo aro? ¿Es que no nos damos cuenta de que lo que vale para uno no tiene por qué valer para los demás, y por tanto tenemos que tomar las decisiones que mejor nos vengan a nosotros como familia?
Yo, nosotros, hemos elegido esto. No es ni mejor ni peor que la elección que hayan tomado otras familias. Es sólo nuestra elección, la que a día de hoy nos podemos permitir y con la que mejor nos encontramos los tres.

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