Mi hija nació un viernes de madrugada. Justo a las
puertas del fin de semana, cuando más posibilidades había de que la gente se
animase a hacer las visitas pertinentes para conocer a la nueva personita que
había llegado. Tuvimos suerte y la verdad es que se repartieron
bastante bien durante todo el viernes y el sábado por la mañana. El sábado por
la tarde ya fue otra cosa. Se juntó más gente de la que cabía en una habitación
de hospital, y aunque algunos se salían para que entrasen otros, llegó un
momento en que era un poco agobiante, y además hubo algún familiar entrometido
que quería coger a la niña justo cuando me disponía a darle el pecho (no se lo
permitimos, bastante teníamos ya) o que se creía con derecho a ser el único
protagonista poniéndose delante de nosotras (tapando la vista a los demás) y
acercándose hasta el punto de invadir nuestro espacio.
En aquellos momentos no fui consciente de muchas
cosas, pero con el tiempo me he dado cuenta de que si se volviese a repetir
cambiaría muchas cosas, por no decir que lo cambiaría todo.
Recuerdo en la preparación al parto cuando la matrona
nos animaba a darnos cuenta de que estábamos en nuestro derecho a decir “no” a
familiares y amigos, en todas las situaciones que así lo considerásemos. Poner
límites, y no me refiero a niños, que parece que esta palabra va asociada a
ellos, sino a los adultos que se creen con ciertos derechos por el simple hecho
del nacimiento de alguien cercano.
Cuando nace el bebé de alguien a quien apreciamos nos
gusta ver a ese nuevo ser tan pequeñito y dar la enhorabuena a los felices padres,
pero parece que algunos se lo toman como un derecho, como si los padres tuviesen
la obligación de aguantar todas esas visitas sin rechistar, sin importar si
están cansados, sin importar que tanto jaleo afecte al bebé, sin importar que
todo el mundo quiera coger al bebé, y dejarse hacer porque claro, a la gente le
hace mucha ilusión. Y cuidado, que no estoy diciendo que a los padres no nos
guste que nuestros seres queridos (y no tan queridos, porque en esas situaciones a
veces se apunta hasta el panadero) quieran conocer a nuestro pequeño retoño y se
preocupen por la nueva familia.
Quien quiera y esté cómodo en esa situación me parece
bien. Pero hay que tener en cuenta que los bebés se estresan, se agobian y se
asustan, porque lo único que precisan y quieren es estar cerquita del pecho de
mamá, que es lo más reconfortante y familiar, después de haber llegado hace
poquitas horas a un mundo desconocido, lleno de luz, ruido, frío y sin ese
alimento y abrazo constante al que estaban acostumbrados.
Por eso yo, si vuelvo a dar a luz en un hospital, lo
más seguro es que o bien restrinja las visitas o simplemente no avise hasta que
estemos tranquilamente en casa. ¿Que habrá gente que no lo entienda e incluso
gente a la que le moleste? A mi lo que me importa en esos momentos es mi bebé,
no el que dirán. Si son adultos respetuosos entenderán que es nuestra decisión.
Tengo que decir que nosotros estuvimos solos en la
habitación, si hubiese habido otra familia la cosa seguramente hubiese sido más
agobiante (para nosotros y nuestro bebé). Y si en ese futuro imaginado
tuviésemos que compartir habitación pues lógicamente tendríamos que aceptarlo,
pero siempre pidiendo en la medida de lo posible un mínimo de tranquilidad.
Cuantas mamás somos las que estamos agotadas, no hemos
dormido apenas, y justo cuando nuestro bebé duerme y podemos aprovechar para
descansar, tenemos que atender las visitas de turno. Y ya no hablo de las
visitas de las enfermeras (daba igual si era de noche y dormías plácidamente),
pediatras y ginecólogos, que esa es otra historia. O cuando desbordada, llena
de inseguridades, intentas poner a tu hija al pecho, pensando que eres una
mujer a la que no le da vergüenza nada y te da igual quien haya en la habitación,
pero estás nerviosa, y cada familiar, cada amiga y cada enfermera que entra
intenta ayudarte (en la mayoría de las ocasiones sin tú habérselo pedido), pero
resulta que cada una te dice una cosa distinta e incluso sientes que se toman
demasiadas confianzas, por mucha confianza que tengas, pues en esos momentos tu
bebé es tu cachorro y tú una mamá leona celosa de su espacio. ¿Quién me dice
que si no hubiésemos estado más tranquilos mi hija hubiese salido del hospital
enganchada al pecho? Nunca lo sabremos, y ya da igual, porque al final logramos
nuestra deseada lactancia, pero ahora soy consciente de que hubiese podido
hacer otras cosas si hubiésemos estado en un ambiente más relajado, sin miradas
ni comentarios bienintencionados pero que interferían irremediablemente en
nuestra relación.
Tenemos todo nuestro derecho a cambiar de opinión y
hacer lo que mejor nos parezca para nuestro bienestar y especialmente el de
nuestro bebé. A punto de nacer mi hija decidimos que preferíamos tener todas las
visitas en el hospital para luego estar más tranquilos en casa, pedimos a la
gente un par de semanas (a excepción de los abuelos y la tía maternos, que se
pasaron algunos días por casa, aprovechando la visita siempre para echar una
mano) para estar tranquilos y hacernos a la nueva situación y conocernos, antes
de venir a visitarnos. Parecieron aceptarlo bien. En ese futuro imaginado lo
que pediría es que no nos visitasen (incluido el hospital) hasta que nos
hubiésemos hecho con la situación, mas o menos tranquilos, sin interrupciones
de ningún tipo ni comentarios desafortunados.
Así es cómo yo lo siento. Me da igual si habría
alguien que no lo entendiese o se molestase (en ese caso me atrevo a decir que
entonces mejor todavía no tenerlos muy cerca), sería nuestra decisión.

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