Los papás
también existen, y digo esto porque la gran mayoría de los que asistimos a
grupos de crianza o andamos en este mundillo blogueril somos mujeres. Y muchas
veces al papá ni se le menciona, aunque sepamos por supuesto que están ahí y
que su papel es también fundamental en la crianza de nuestros hijos.
Sin entrar en
temas de familias de dos papás, dos mamás, monoparentales, etcétera, que por
supuesto son familias maravillosas y no pongo en duda que a los niños no les
falta de nada, emocionalmente hablando, hoy quiero hablar de las familias de
papá, mamá e hijo/s, porque es lo que nosotros vivimos.
Creo que el
papel del padre es, como ya he dicho, fundamental en la crianza de los hijos. No
sólo por al apoyo que nos presta a la mamá especialmente en el postparto, ese
sostén al que asirnos para no caer cuando nos fallan las fuerzas (no sólo
físicas), sino por todo lo que aportan a sus hijos. Por supuesto estoy hablando
del padre y de la pareja que se involucra, que está presente (aunque pase gran
parte del día fuera porque tiene que trabajar), que se ocupa y que es
consciente de su gran papel en la crianza de sus hijos. No hablo de ese padre
que se convierte en otro hijo para la madre, eso ya es otra historia.
Este padre apoya
y anima a la madre, entre otras cosas, con la lactancia, sin interferir, porque
su participación en la lactancia es el de sostener a la madre, el disfrutar de
la imagen de su pareja y su bebé fundidos en uno y del resto de cosas que puede
hacer igual que la madre.  Ese padre sabe
que, normalmente, aunque disfrute de su pequeño, y pase tiempo con él, y
duerman juntos, y mil cosas más, no será a partir de los dos años cuando mamá
dejará de ser el todo y descubra al héroe que es su papá. Y todo esto sin
olvidar que ese padre es humano, y también se preocupa, viene con su propia
mochila a cuestas y también sufre.

En nuestro caso,
mi compañero de ruta y padre de nuestra hija, siempre ha estado presente, en
cuerpo y alma, en la crianza de nuestra pequeña. Todavía me acuerdo a menudo de
cuando se dormía la peque al pecho y el papá la cogía para que yo pudiese hacer
otra cosa (ducharme, descansar, escribir…). Se tumbaba en el sofá con nuestra
bebita (y no tan bebita) sobre su pecho, y ahí se quedaban los dos durmiendo. Era
una estampa entrañable.
A pesar de todo
lo que el papá jugaba con ella, paseaba con ella, dormía con ella, la porteaba,
la dormía (una pequeña etapa)… a pesar de todo lo que hacía con ella, llegó un
momento en que sólo quería que fuese y estuviese mamá. Empezó de repente. Papá
no, mamá, y a mi se me caía el alma a los pies cuando renegaba una y otra vez
de su padre, al mismo tiempo que comenzó una etapa bastante agobiante para mí en
ocasiones.
Aunque  sabes que es una etapa normal en su
desarrollo es duro cuando tu hijo no quiere saber nada de ti y pareciera que
sólo exista mamá. Por supuesto no digo que esto fuese así las 24 horas, es
decir, en cuanto se dejaba hacer por su padre y comenzaba a jugar con él
disfrutaba enormemente de su compañía, pero luego volvía a su mamá y de nuevo
no quería saber nada de su papá.
“Papá malo”
comenzó a decir mi hija hace unos meses cuando no quería jugar con su padre,
que la vistiera o cualquier otra cosa. Encima para rematar, con lo que el papá
se esfuerza, resulta que es malo. Palabra que comenzó a usar con todo lo que no
quería (salir a la calle, comer tal cosa, etc), por cierto, que no se de dónde
la ha sacado, porque nosotros no la utilizamos para referirnos al concepto de
maldad (si por ejemplo, cuando estamos enfermos-malitos). Cada vez que
utilizaba esta palabra para referirse a algo que no quería o le decía eso a su
padre nosotros simplemente la contestábamos diciendo que lo único que pasaba es
que no le apetecía tal cosa o que papá estuviese con ella en ese momento. Y
ahora ya, a no ser que esté enfadada o molesta por algo, nos dice que no le
apetece.
Además nos dimos
cuenta de que el hecho de que el papá trabaje no le gusta a la peque. A ningún
niño le gusta que su papá se marche a trabajar, pero en nuestro caso era
evidente, era como si se enfadase con él, porque al llegar de trabajar muchas
veces pasaba olímpicamente de él, aunque luego se le fuese pasando. Sin embargo
los fines de semana esto no ocurría. También influía el hecho de que en cuanto
el papá llegaba era mamá la que se ponía a trabajar, y claro, si papá viene y
mamá ya no me hace caso pues no quiero que venga papá. Pero dejando un margen
de tiempo para estar los tres, la cosa ha mejorado notablemente.
Por supuesto no
todo queda ahí, pues la peque va creciendo y nuestras relaciones van
cambiando. Y retomando la otra parte del título del post, “papá no, papá sí”,
todo llega. Y el día que por primera vez mi hija me dijo mamá no, papá, no pude
evitar una mezcla de sentimientos contradictorios. Por un lado el sentir que
puedo hacer otras cosas sin el agobio de tener a la peque siempre encima y por
otro el sentimiento de rechazo y de pérdida de ser su centro. Una etapa más, en la que
demuestra que se va haciendo mayor, poco a poco. 

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