Me resulta
difícil escribir lo que bulle por salir. Llevo tiempo queriendo escribir este
post, y lo hago hoy quizás empujada por la racha que llevamos, porque cada vez
me conozco y acepto más, y/o porque no
quisiera transmitir en mi espacio (en los artículos que escribo) que soy la
madre perfecta, que todo lo sabe y todo lo hace bien con su hija.
Las madres no
somos perfectas ni somos siempre “buenas madres”, no amamos incondicionalmente
siempre a nuestros hijos, ni lo sabemos todo acerca de ellos. Las madres no sólo albergamos amor, también
albergamos violencia
, unas mas otras menos, o quizás es que unas sabemos
contenernos mas o menos que otras. Y lo
peor de todo es que esto parece ser un tema tabú entre muchas de nosotras
,
madres, que queremos lo mejor para nuestros hijos y nos cuesta reconocer ante
los demás, pero también antes nosotras mismas, que lo que hacemos en ocasiones
no es lo mejor para nuestros pequeños. Nos
cuesta reconocer que, a pesar de predicar lo contrario y sabernos muy bien la
teoría, en ocasiones nos comportamos violentamente con nuestros queridos hijos.
Nunca he pegado a mi hija. Pero si he
deseado hacerlo, si he querido hacerla daño para satisfacer de algún modo mi
frustración
, y he
sentido miedo de no saber controlarme. Nunca he pegado a mi hija, pero si la he
tratado en ocasiones con violencia en las múltiples facetas de esta. Nos
escudamos entonces en esa mochila que todos llevamos acuestas, en nuestras
carencias infantiles, nuestros miedos o ese sufrimiento escondido a empujones
en lo más profundo de nosotros y que nuestros hijos consiguen sacar tan
fácilmente. Y ya no hablo de sentirnos superadas o de no tener apoyo o ayuda en
la crianza de nuestros hijos.
¿Pero acaso todo
eso es motivo para comportarnos como monstruos con nuestros hijos? Los adultos ahora somos nosotros, y dejar
que nuestra niña interior lidie con nuestros propios hijos es un despropósito
.
No es fácil sanar a nuestra niña interior, eso requiere de un proceso largo y
consciente por nuestra parte; pero dejar a nuestros hijos a manos de nuestra
parte violenta (no olvidemos que esa parte también es nuestra, tratar de
negarla es tratar de negarnos a nosotras mismas) sin más, me parece peligroso.
El problema, como le digo a mi hija (quizás deberíamos repetírnoslo más los
adultos), no es enfadarse, esto es algo legítimo a todos, sino dañar al otro
(de la manera que sea) en nuestro enfado.
Nos vemos
desafiados por nuestros hijos (perspectiva desde la posición propia
infantilizada), nos sobrepasa una rabieta (uniéndonos a ella en vez de
“tratarla” desde fuera), nos fastidian los gritos o el llanto inconsolables,
nos supera una demanda con la que no estamos de acuerdo… y en vez de ver el sufrimiento, la incomprensión o el miedo de nuestros
pequeños, sólo vemos los nuestros propios
, y convertimos el desacuerdo en
una espiral de confrontación, donde por
muy mal que nos creamos sentir, el niño (y no me refiero a nuestro niño
interior) siempre tiene las de perder
.
Cuando llegamos
a ese punto de nubarrón donde ya no vemos ni pensamos, sólo sentimos rencor e
ira, y sólo deseamos sacar toda la frustración (mierda) que llevamos dentro, lo
único que hacemos es dañar más y más a nuestras indefensas criaturas. ¿Qué
hacer cuando tu hijo te pide un abrazo o un beso pero lo único que deseas es
desahogarte en el daño físico? Sabes que con ese abrazo la situación podría
empezar a calmarse pero no puedes dar ese abrazo porque en ese momento no lo
sientes, porque para que la situación vuelva a su cauce la que tiene que
calmarse eres tú.

En ocasiones mi
hija me ha dicho algo que ha hecho, como si pulsase un resorte en mi interior,
que pueda volver a la realidad. Frases como “no puedo dejar de llorar mamá,
¿qué puedo hacer?”. Pero esas frases no siempre suceden. Soy consciente de  que tengo que
establecer un código con mi hija, para que cuando se den esas situaciones y la
adulta no sea capaz de tomar el control (es decir, yo), sea al menos la niña
quien de la voz de alarma
.
Por esto, y
otras muchas cosas, me parece muy
prepotente que los adultos nos creamos por encima de los niños, sabedores de
toda la verdad
. Nos queda mucho por aprender y por superar. Y
lamentablemente lo hacemos a costa de nuestros hijos.
¿Creéis que los
adultos siempre nos comportamos como tales?

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