Los viernes por la mañana cargo a Minerva en el fular y nos vamos las dos calentitas (falta hace ahora con este frío) al curso de postparto en nuestro centro de salud. Allí nos juntamos con más mamas y más bebés. Y guiadas por nuestra matrona nos dedicamos a dar masajitos, a parte de dar la teta, por supuesto, y poder compartir experiencias con otras mamás. Las dos últimas semanas hemos logrado por fin hacer el masaje completo, y es que ell@s llevan su ritmo. Para hacer los masajes seguimos los pasos que Frédérick Leboyer señala en Shantala. Este ginecólogo y obstetra francés, en un viaje por la India, observó cómo una mujer parapléjica, en plena calle, masajeaba a su bebé. Después de haber visto tanta calamidad quedó maravillado con la belleza de esos movimientos y el vínculo de armonía creado entre madre e hijo. Así que pidió fotografiarla y plasmó el arte de ese masaje milenario hindú en el libro que llamó Shantala, en honor al nombre de esta mujer. Sólo es necesario un sitio calentito para poder tener a nuestro bebé desnudito sobre nosotras, aceite de almendras dulces, no tener prisa y mucho cariño. Gracias a que he podido tener el libro una semana en mi poder os dejo el resumen de la contraportada. No tiene pérdida: Las semanas que siguen al nacimiento son como la travesía de un desierto. Desierto poblado de monstruos: las sensaciones nuevas que desde adentro se lanzan al salto del cuerpo del niño. Después del calor del seno materno, después del loco abrazo que es el nacimiento, la soledad helada de la cuna. Y luego surge una fiera, el hambre, que muerde al bebé en las entrañas. Lo que enloquece al desdichado niño no es la crueldad de la herida. Es su novedad. Y esa muerte del mundo circundante que le da al ogro proporciones inmensas. ¿Cómo calmar una tal angustia? ¿Alimentar al niño? Si pero no solamente con leche. Hay que tomarlo en brazos. Hay que acariciarlo, acunarlo. Y masajearlo. Hay que hablar a la piel del pequeño hay que hablarle a su espalda que tiene sed y hambre igual que su vientre. En los países que han conservado el sentido profundo de las cosas las mujeres saben todavía todo esto. Aprendieron de sus madres, enseñaron a sus hijas este arte profundo, simple y muy antiguo que ayuda al niño a aceptar el mundo y lo hace sonreír a la vida. F.L.

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